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El año que nos miramos a los ojos

Columna escrita por Fernando Uría

Todo comenzó con una mentira imperdonable. Los políticos, asesorados por grupos de “expertos”, nos dijeron que las mascarillas no eran necesarias, que no eran efectivas. Comenzaba a hablarse de pandemia y estaba claro que no había mascarillas para todos. Después, pasaron a ser aconsejables y por último, obligatorias.
El complemento facial se convirtió en objeto de deseo y víctima del mercado negro. Su precio se multiplicó de forma exponencial.


Todos nos hicimos expertos, debíamos elegir entre una FFP2 o una KN95. Quirúrgicas o higiénicas, reutilizables o no, con o sin válvula. Y con el tiempo la mascarilla se convirtió también en un reflejo del status social. Las había más carillas y más baratillas. Con modelos fashion de reconocidas marcas, o con el logo de tu equipo o la bandera de tu ciudad. Frente a éstas aparecieron también las mascarillas hechas de retales de cortinas, camisetas o faldas de cuadros.
La forma de llevarlas también denota la personalidad de cada uno. Los chavales se suelen proteger los codos o la barbilla con ellas. En otros casos sustituyen al reloj o la pulsera. Muchos las llevan a modo de gorra.
Lo único claro es que llevarla siempre puesta y de forma correcta denota un acto de responsabilidad y solidaridad. Deberemos mentalizarnos para su uso prolongado, al estilo de los países orientales.
En cuanto al diseño de las mismas decir que hay margen de mejora. Supongo que los departamentos de I+D+I estén trabajando ya en modelos que eviten el vaho para los que llevamos gafas, que nos permitan beber sin quitárnoslas, o con las que podamos besarnos sin problemas.
Por buscar el lado positivo, las mascarillas benefician a los que tienen los ojos bonitos y la nariz fea, o a los que llevan aparato en los dientes o a los adolescentes con acné.