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¿Quitar los lazos amarillos? Me tomo un carajillo

Columna escrita por Fernando Collado

A estas alturas de la película independentista lo que diga un juez se lo pasa Torra por donde amargan los pepinos. Usted, españolazo despiadado, tiene un bache en el ADN y habla la lengua de las bestias salvajes. La opinión de Torra sobre España y los españoles no cambiará por mucho que ciertos políticos de otra banda y bando insistan en limpiarle los zapatos. Es decir, lo mismo que muchos gobernantes – a izquierda y derecha– hicieron con Pujol, pero ahora con la espada del secesionismo excluyente sobre el cuello de la mitad de los catalanes que no piensan como los farsantes de la trompeta amarilla que dirigen –en mala hora– los destinos de Cataluña.

La Junta Electoral le ha dicho a Torra, el de la turra cazurra, que retire los lazos amarillos de los lugares que sean de su competencia. Y él, preso de metáforas más cercanas al serrín que al pedigrí, ha debido ‘sinrazonar’ con esa filosofía que haría temblar a Camus y Sartre en la retórica de su existencialismo: ¿Que quite los lazos amarillos? Me tomo un carajillo. Sólo personas tan inteligentes reaccionan a una inoperancia tan grave como cíclica con respuestas etílicas. A la hora de escribir este artículo ni el Gobierno catalán ni el Ayuntamiento de Barcelona (Colau) han retirado los lazos de la fachada de los edificios que representan a todos los catalanes y/o barceloneses. En el caso de Torra es más sangrante, porque, según la Constitución, él es la máxima autoridad del Estado en Cataluña. Cualquiera lo diría. Autoridades que incumplen las resoluciones de las más altas instancias, pero que no dudarán en crujir al contribuyente si deja de pagar cualquier impuesto. Insumisión gubernamental: lo más abyecto de la política. Pero peor que todo lo anterior es coger a lazo a la mitad de la población que no piensa como tú. Gobernar –es un decir– para ti mismo o para un grupete por muy amplio que parezca. A este paso alguien llevará a un parlamento el Día de la Berrea, lo aprobará por ajustada mayoría, y todos al monte a berrear. Eso sí: con un ADN cien por cien puro o purificado.