Dom19082018

Última actualizaciónDom, 19 Ago 2018 8am

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Los que tiraron a Sánchez al mar con un pedrusco al cuello

Columna escrita por Fernando Collado

Colocaron a Sánchez al borde de la machina y le dieron un zapatazo en el culo. Si no llega a ser por un pequeño grupo de hombres y mujeres que se jugaron el oxígeno de sus pulmones, Pérez-Castejón hubiese fenecido en el fondo del mar, con la única compañía de una dorada triste y un pulpo registrando sus bolsillos. En aquel lecho oscuro, entre una ensalada de algas y gasoil, Pedro, al que ahora los hipócritas cum laude de su propio partido llaman ‘El Audaz’, recibió la clase más importante de su vida: quién es quién en la mascarada de la política y cómo afrontar y jugar lo que le quedara de vida.


Fue entonces, recién salido del coma, cuando aquellos buzos de honor y valor le sentaron otra vez en el Peugeot para que recorriera de nuevo España y explicara el verbo, todo él, entre las agrupaciones socialistas. Con anterioridad había dimitido de su escaño en el Congreso en oposición a la permisividad del PSOE imperante ante el regreso de Rajoy al poder.
Todavía así, y pese a la valentía, le daban por muerto. Su futuro sería el de profesor, tertuliano o agricultor. Qué más da, pensaban los traidores: el viento de Susana acariciaba la faz y dejaba el cuerpo de maravilla, a la espera de descansarlo y espatarrarlo en los nuevos sillones que estaban por llegar. Sánchez, ahora sí, tiró de audacia frente a la falacia (supongo que en busca de la democracia) y tras la ‘Gira del Peugeot’ barrió a la Díaz por la vía de la militancia. ‘No es no’. Y tanto.
Ahora que una manada de desleales –que llevan aún los zapatos del puntapié- pugnan por subirse al barco del secretario general y presidente del Gobierno es bueno y muy recomendable recordar cómo sucedieron los acontecimientos recientes. Quiénes fueron los que bajaron en auxilio del moribundo, quiénes las doradas, quiénes los pulpos y quiénes los escualos. Y, sobre todo, quiénes fueron los que tiraron a Pedro Sánchez al mar con un pedrusco al cuello. Él, magnánimo y dialogante, pero con espejo retrovisor, tendrá una lista en un folio que no habrá arrugado.